La historia del día que llegaste a nuestras vidas
Esta es la historia del día que Santi decidió llegar a este mundo y de cómo salió todo al revés.
Como todo embarazo, los doctores nos dieron la fecha estimada del parto la cual sería el 7 de junio del 2015, y ¿qué creen? El llegó exactamente ese día!
Pero para ese momento ya nos habían dicho un mes antes que se adelantaría y no pasó. Los días pasaban y Santi no daba indicios de nada, incluso fui al hospital una semana antes diciendo que tenía pequeños dolores pero me mandaron a la casa más rápido que volando. Seguían pasando los días y yo ya estaba desesperada y con ganas de matar a cualquiera que se me cruzara en el camino.
Sí, había llegado a un momento en que la expectativa, los nervios y las ansias de tener a mi bello bebé en brazos, se habían congelado para convertirse en desesperación de ver que no había absolutamente ningún cambio. Mientras tanto, mi cuñada me decía que cuando tuviera contracciones (de las verdaderas, no esos dolorcitos que yo creía que eran contracciones), lo iba a saber.
Con tremenda panza, lo único que me quedaba era hacer todo lo más normal posible, cosa que era casi imposible con el tamaño que tenía. Aun así subía y bajaba escaleras de lo más normal, salía a la calle y hacíamos caminatas de por lo menos una hora todos los días. Tomaba jugo de sandía como me habían recomendado pero nada de nada!!!
Así que ese fin de semana decidimos hacer una parrillada en la casa de mi hermano porque era la final de la Champions y teníamos que verla. Por supuesto todos estaban emocionados, parrilla, fútbol, cerveza, qué más se puede pedir?! Pero yo había llegado a mi nivel máximo de frustración y lo único que me hacía feliz era pensar en las hamburguesas buenazas de mi hermano pues yo ya estaba harta de la avena, las menestras y el pollo a la plancha. Es así que ese día me dediqué a comer todo lo que encontré en mi camino en reemplazo de cualquier bebida alcohólica que lógicamente no iba a tomar.
Terminó el día y como era de esperarse, todos estaban alegres y relajados. Yo por mi parte, me la pasé andando de un lado a otro porque no me sentía cómoda en ninguna posición y ya me importaba poco si en la televisión pasaban la final de la Champions o la película que pusieron después. Ni siquiera me entusiasmaba la idea de irme a dormir porque sabía que al día siguiente me levantaría con dolor de espalda porque ni abrazar el tremendo almohadón que tenía, ya me servía. Me había convertido en el ser más mala onda del planeta y tal vez del universo.
Esa noche mis papás se fueron mientras que mi hermano, su familia y nosotros nos fuimos a dormir (nos estábamos quedando en su casa). En un dos por tres se hizo el silencio y yo era la única que no me acomodaba para dormir. Cuando de repente, sentí un dolor que no conocía. Por dentro sólo pensé "Hmm no creo... Seguro es otro de esos dolorcitos que no significan nada", y volví a cerrar los ojos.
Pero ahí venía el siguiente dolor y al ratito otro más. "No puede ser..." pensaba, "ahorita no por favor, ahorita nadie me va a poder llevar al hospital!!!". Lo único que se me ocurrió en ese momento para no ponerme nerviosa fue ponerme a tomar tiempo entre cada contracción y la verdad que eran bastante seguidas (no recuerdo exactamente pero no más de 5 minutos entre cada una). No sé cuánto rato habrá pasado, tal vez media hora, tal vez una hora cuando decidí despertar a ese futuro papá que estaba durmiendo a mi costado luego de algunas latas de cerveza. Lo único que obtuve fue un "Descansa un rato, todavía falta", (la veía venir!!) así que no insistí más.
Traté de dormir un poco porque lógicamente aun faltaba pero las contracciones eran cada vez más rápidas, me levanté, di unas cuantas vueltas, me volví a acostar, me metí a la ducha y antes que me diera cuenta ya era de madrugada así que desperté al papá durmiente, a mi hermano, a mi cuñada, mandé mensaje de texto a mis papás y en un tres por cuatro estaban todos en pie y más nerviosos que yo.
Me acuerdo que antes de irnos me dijeron que tenía que comer algo y alguien me ofreció un donut al cual no pude decir que no, así que acepté la mitad y eso fue todo lo que comí ese día hasta la noche.
De ahí salimos volando al hospital que estaba como a 10 minutos (aun no había tráfico) y habremos llegado no más de las 7:00am. De ahí en adelante es otra historia, solo se que fue un largo día en el que Santi llegó aproximadamente 12 horas después durante las cuales boté a mi papá del cuarto, me arrepentí en grande de haberme comido ese medio donut y nos olvidamos de la maleta con las cosas de recién nacido. Good luck Santi!
Escrito por: Jessica (15.06.07)

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